Artículo originalmente publicado en Revista Diners, edición abril de 2025.
Por María José Marroquín
Una de las cosas que más me gusta de viajar es poder contrastar los conceptos, imágenes y
descripciones que se leen e investigan a priori sobre el destino en cuestión con la percepción
que uno mismo se hace de él una vez allí. Planeando el que sería mi primer viaje a la
Patagonia se me atravesó repetida, casi sistemáticamente, un concepto para referirse y
describir a este gigante austral: “salvaje”.
La Real Academia Española define como salvaje a un “territorio no cultivado o no colonizado”, definición que encuentro absolutamente simplista en cuerpo y espíritu, por no decir pobre y profundamente capitalista. Una definición muy propia de la modernidad (la categoría) en la que todo pasa por su relación utilitaria, transaccional y para el provecho material del hombre occidental. Me niego. Me rehúso.

A este territorio “salvaje” según ellos prefiero llamarlo feroz, indómito, de
belleza casi agresiva al punto de ser casi insoportable por contradictorio que parezca. La
Patagonia chilena es vasta, compleja e implacable, hermosa y ante todo inolvidable. Si le
quieren añadir eso a su definición de salvaje, podemos estar entendiéndonos.
Después de un recorrido maravilloso por la Región de los Ríos de Chile y de pasar por su
inmensa variedad de paisajes, volcanes, lagos, cascadas y bosques que dan para otro capítulo
entero, era el momento de dirigirme al destino que impulsó el deseo de viaje desde el
comienzo: las Torres del Paine. El Parque Nacional Torres del Paine es una de las áreas
silvestres más protegidas de todo Chile famosa por sus enormes macizos de granito, sus lagos
turquesa, sus glaciares imponentes, sus valles y ríos y por ser el escenario de dos de los
circuitos de trekking más apetecidos del mundo. Si le preguntan a un chileno, es probable que
les diga con orgullo que este es el lugar más hermoso de su país y yo no soy quién para
contradecirlos. Ahora mucho menos.
Para llegar allí primero tenía que llegar a Puerto Natales, ciudad en la región de Magallanes y
puerta de entrada más cercana a este parque nacional que ha sido catalogado como la octava
maravilla natural del mundo. Quise llegar en tren, obvio. Ya saben, por aquello del Tren al Sur
de los grandes Prisioneros. Haciéndole caso a alguien que alguna vez me dijo que no hay nada
como un cliché bien ejecutado, pensé que esta era la oportunidad perfecta para desplazarme a
mi destino con banda sonora premeditada y clichesuda a bordo. Pero la Patagonia no solo no
entiende de clichés sino que además se los pasa por la faja. Yo quería mi tren al sur, pero ella,
la Patagonia, es otro nivel de sur. Tanto así que no solo no hay tren que llegue allí sino que
acceder por carretera desde lo que ya es considerado en Chile como “sur” (es decir ciudades
como Puerto Montt o la bellísima Puerto Varas donde me encontraba) puede tardar hasta
veintiséis horas con una pasada fronteriza por Argentina. Otra opción posible era ir desde
Puerto Montt hasta Puerto Natales en ferry a través de lo que se conoce como la “ruta de los
fiordos patagónicos” que dura entre tres y cuatro días. Un viaje soñado, eso sí, pero con varios
días y varios ceros más de los que tenía presupuestados, así que finalmente me decanté por el
avión.

La llegada a Puerto Natales me dejó fría, literal y figuradamente. El viento helado y la lluvia
recia de esa mañana gris no parecían recordar verano alguno a pesar de estar en febrero y en
mi mente catastrófica amenazaban con comprometer cualquier esperanza de visibilidad de las
anheladas Torres del Paine. Mi cabeza recreó un solo drama interno digno de mini serie gringa
hasta que llegué al hotel en donde Oscar, un colombiano enamorado del sur de Chile y del
trekking que estaba a cargo de la recepción, me tranquilizó asegurándome que el pronóstico
para los próximos días era positivo: las nubes tenían alta probabilidades de dispersarse y el sol
no parecía negado a asomarse. Había esperanza. Así que después de un muy necesario baño
caliente, decidí relajarme y recorrer Puerto Natales con sus casas coloridas de madera
mientras el viento intentaba levantarme. Paseando por la costanera de la ciudad que bordea el
mar pude ver que la marea había arrastrado hasta allí el cuerpo sin vida de un pingüino y a un
par de aves marinas peleándoselo con ansia. “¿Un pingüino flotante? De verdad estoy casi en
el fin del mundo”, fue lo único que atiné a pensar casi con la conciencia de una niña pequeña
de alma tropical.
Esperando la mejoría del tiempo, al día siguiente decidí embarcarme desde el Muelle de
Pescadores de la ciudad en una navegación corta pero sustanciosa para conocer los glaciares
Balmaceda y Serrano en el también cercano Parque Nacional Bernardo O´Higgins, el más
grande de Chile. Debo admitir con algo de vergüenza que no le tenía mucha fe al plan y que
me anoté más por matar el tiempo que por conocimiento o pasión real. Cuánta ignorancia y
cuánto me hubiera arrepentido de no haberlo hecho. La navegación a través del fiordo Última
Esperanza es sencillamente espectacular y deja en absoluta evidencia el origen y razón de su
nombre. En 1557 el explorador español Juan Ladrillero estaba buscando una ruta para
encontrar el estrecho de Magallanes desde el Pacífico hacia el Atlántico por este territorio
agreste que, a pesar de haber sido navegado durante milenios por pueblos originarios
nómadas como los Kawésqar, para el hombre blanco eran el laberinto mismo del fin del mundo.
La misión se estaba tornando imposible intento tras intento. Desesperado, Ladrillero se
aventuró por estos fiordos como la “última esperanza” de lograr su cometido y por fin la proeza
fue exitosa, llegó a Magallanes. Este corredor marino es grande en belleza, en biodiversidad y
resulta muy impresionante por ser un paisaje producto del avance y retroceso de grandes áreas
glaciares aproximadamente hace unos 19.000 años.

La bajada de temperatura que llegué maldiciendo el día anterior había traído consigo una
nevada nocturna que dejó como resultado una serie de picos nevados en altura, ergo unas
vistas impresionantes a lado y lado del fiordo. Durante el recorrido en el ferry se nos apareció,
además, una familia de leones marinos y otra de cormoranes mientras saltábamos entre
glaciares colgantes con caídas de agua al mar y bosques patagónicos. “Si no logro ver nada
más, me doy por bien servida”, fue lo primero que pensé al volver al hotel sin saber que todo
jugaría a mi favor los días por venir.
Al día siguiente tomé el transporte para llegar al Parque Nacional Torres del Paine que está a
una hora y media de Puerto Natales. Paine significa azul o celeste en mapudungún, lengua del
pueblo Mapuche y desde la lejanía empieza uno a entender a qué se referían.
Cuando desde la carretera se empezó a vislumbrar este macizo independiente de la cordillera
de los Andes en plena estepa patagónica, se me empezó a acelerar el corazón por lo que teníadelante y le fui avisando de a poco a mis músculos que se prepararan porque se nos venía un
reto grande.
Dos de los circuitos de trekking más apetecidos del mundo están dentro de este parque: el
circuito W y el circuito O, por la forma que trazan sus respectivos recorridos dentro de mapa. El
circuito W, el más popular entre ambos por su nivel de dificultad y el tiempo que requiere, es de
unos 72 kilómetros en total y suele hacerse entre cuatro y cinco días. El circuito O, por su parte,
tiene 112 kilómetros y puede tomar entre ocho y diez días para completarse. Ambas travesías
prometen paisajes inolvidables a través de bosques, glaciares, lagos de cuántas tonalidades
tiene el azul, todo enmarcado por picos y cerros como los famosos cuerno, el cerro paine y, por
supuesto las legendarias torres. Además, se pueden avistar cóndores, guanacos y hasta
pumas en estado silvestre.

Pero también existen otras formas de conocer los “grandes éxitos” del parque si la idea de
caminar por días no resulta llamativa o no es una opción viable. Así como se puede alquilar un
automóvil y transitar por las rutas internas del parque, existen también varios tours guiados que
permiten circundarlo y disfrutar de varios miradores que capturan la belleza del lugar. De esta
manera es posible ver, por ejemplo, el lago Pehoe, el único navegable del parque de un
turquesa arrollador, el legendario glaciar Grey y los miradores de los cuernos, del francés y del
lago Nordenskjöld con sus caídas de agua torrentosas. Las vistas, les prometo, son algo que
mueve fibras que uno no imagina tener tan vivas.
Sin embargo, venir hasta aquí merece al menos una caminata inolvidable, una joya de la
corona por retadora que sea. Y esa sería sin duda la subida al Mirador Base Torres.
Para llegar allí y pararse con la boca abierta frente a estas tres estructuras de granito que se
elevan 2.800 metros sobre una laguna aguamarina, hay que caminar y hay que caminar
bastante. Son alrededor de ocho o nueve horas en total para recorrer los 22 kilómetros de ida y
vuelta del sendero y aunque no suena a una distancia demasiado exigente, la subida no es
fácil.

El principio de la caminata es empinado, firme, decidido y sin muchas distracciones. Dicen que
ese es el reto psicológico de la caminata. Unas dos horas después se llega al famoso Paso de
los Vientos donde estos últimos pueden llegar a una velocidad de 100km por hora, que
afortunadamente no fue el caso para mi y pude parar a apreciar el valle del Río Asencio en
todo su esplendor. Poco después se llega al refugio Chileno donde se puede parar a comer, ir
al baño, descansar un poco y recargar los termos de agua antes de seguir. La travesía continúa
por un bosque a paso relajado y de poca inclinación mientras se bordean cascadas, ríos y se
pasa por puentes colgantes mientras el cuerpo se recupera un poco.
Después de pasar el último refugio de emergencia, hay un cartel que anuncia la llegada al
mirador en 1500 metros. “Falta solo un kilómetro y medio, ¡ya llegué!”. Procedieron entonces a
reírse de mí los antiguos dioses Tehuelches que conocen como la palma de su mano el trecho
que aún faltaba por remontar. Una subida empinada e inclemente entre rocas grandes,
inestables, astilladas en la que por momentos se asoman los picos para volverse a esconder
como una burla cruel. Tres, cuatro, cinco zancadas en ascenso, descanse y repita, parecía
decir un manual invisible. Las caras agotadas y expectantes de los que suben y las miradasenternecidas de los que iban bajando, todos con una misma palabra de aliento: “ya casi, ya
casi.
Un poquito más que vale pena”.
Y razón no les faltaba, vale toda la pena. Una vez se llega al mirador desaparecen el
cansancio, el dolor en las piernas y solo queda espacio para contemplar un espectáculo
magistral de la naturaleza al que las fotos no logran hacerle honor. El aire casi saboreable, el
sonido, las texturas la vez tan etéreas y tan agrestes, la sensación de pureza y la dicha de por
fin haberlo logrado y estar ahí viendo cambiar todo de color de acuerdo al angulo de la luz. Por
si fuera poco, tres cóndores decidieron honrar con un sobrevuelo el momento. Sé que hemos
manoseado mucho la palabra “espectáculo”, pero esto realmente la merece.
Es difícil resumir tantos días de belleza, hay que verlo, hay que vivirlo, hay que darse esos
regalos de vez en cuando para reconciliarse con la vida y con uno mismo. Hasta dan ganas de
llevar a las señoras eminencias de la RAE que de seguro nunca han estado allí y por eso no
han terminado de entender el verdadero significado de “salvaje”.