Cuevas y cascadas de otro mundo a pocas horas de Bogotá

Hace rato ya que le estoy siguiendo la pista a una serie de lugares que tienen en común algo que me obsesiona: agua. En particular, mi última fijación se la llevan las cascadas poderosas en Colombia.

Como buena pisciana, la cercanía con el agua me produce paz absoluta y tengo una debilidad particular por el gua dulce en todas sus manifestaciones: río, cascada, lago y hasta pozo. Sí, lo siento amigos, aunque somos una especie rara existimos aquellos que preferimos el agua dulce al mar y más si ésta fuente hídrica se manifiesta en poderosas maravillas naturales como las que les voy a mostrar a continuación.

Explorando e investigando, me empezó a llamar la atención un pequeño pueblo en Santander alrededor del cual parecía haber una cantidad considerable (y muy bella) de lugares donde el agua es protagonista así que apenas tuve la oportunidad hacia allá me dirigí.

Casi equidistante entre Bogotá y Bucaramanga está Gámbita, una población de alma campesina y montañas maravillosas que la naturaleza bendijo con agua en abundancia. En los alrededores de este pueblo existen varios ríos, cascadas y cuevas que vale la pena visitar y que son perfectas para los que aman la naturaleza y no le tienen miedo a echarse una caminadita energizante.

Aquí les dejo dos planes de dificultad media:

Cascada Manto de la Virgen

Situada a 10 kilómetros de Gámbita por una carretera destapada (ojo carros bajitos, especialmente en época de lluvia) está una de las caídas de agua más lindas del departamento según viajeros expertos. Le debe su nombre a la manera en que cae como un manto y se caracteriza por su doble caída de 150 metros aproximadamente cada una.

La visita completa implica una caminata de aproximadamente un kilómetro en subida empinada hacia el mirador donde la vista es increíble y donde se puede apreciar en pleno el famoso “manto”. Vale al pena realizar la caminata al llegar y en primera instancia para que al descender de nuevo vayan a conocer la segunda caída de la cascada donde hay pozos en los que se puede nadar y refrescarse.

Tip estrella:

Todo el mundo les va a decir que lleguen temprano… menos yo. Si quieren subir al tiempo que mil personas más, sus hijos, sus abuelos, sus perritos y chapucear con todos ellos, perfecto, vayan en horas de la mañana. Si en cambio quieren disfrutar del paisaje y del agua con mayor privacidad, lleguen tipo 2 de la tarde, hora en la que ya todo el mundo está saliendo y están próximos a cerrar la puerta (ojo, no se pasen que después no los dejan entrar). De nada.

Así se ve la cascada en época de lluvia, cuando baja su torrente en todo su esplendor.

Cueva del Chocó

Nunca entendí bien lo del nombre y aunque llegué un poco escéptica pues debo admitir que las cuevas me dan un poquito de claustrofobia, la verdad es que quedé alucinada con este recorrido.

Aproximadamente a 5 kilómetros del pueblo sobre la carretera que va de Gámbita a Arcabuco, está ésta cueva sensacional que parece salida del Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne.

Para llegar hay que descender a pie por una trocha y escaleras de piedra hasta llegar a la boca principal de la cueva y de allí empieza el recorrido en total oscuridad. Yo la verdad no soy nada amiga del tema del tour ni de las visitas guiadas, pero en este caso debo decir que lo recomiendo totalmente pues el camino es oscuro, resbaloso y no está demarcado así que hay que ir con alguien que sepa por dónde ir para evitar pasar un mal rato.

Pregunten en el pueblo por don Vicente y su hijo Juan Andrés, fueron unos guías increíbles que nos cayeron del cielo cuando llegamos allá solos y sin linterna y que se conocen la cueva como la palma de la mano. También pueden entrar a la cueva haciendo rápel si les gusta.

A medida que se va avanzando en la oscuridad se agudizan muchísimo los sentido y se oye el fluir de las aguas subterráneas, de los murciélagos que habitan la cueva (muy arriba, frescos, no se los topa uno en la cara) y la caída de chorros de agua que aparecen entre formaciones de estalactitas y estalagmitas que se ven como copas de marfil gigantes.

Poco a poco se empieza a ver se nuevo la luz y se vislumbra una salida al exterior.

Lo que uno no se imagina, es que se va a encontrar con una nueva caída de agua que desboca en un pozo de color aguamarina rodeado de vegetación verde verdísima, fulgurante, tupida, todo igualmente inmerso dentro de la piedra. ¡Un espectáculo absoluto!

La caminata sigue entre cuevas más pequeñas, dejándose guiar siempre por el hilo del agua entre lo que podría llamarse un “universo jurásico” . Al final solo queda satisfacción y plenitud de haber estado en un lugar muy particular y absolutamente especial (repito, si les gusta la naturaleza).

Como si fuera poco, el camino de regreso cuesta arriba termina de ponerle la cereza al pastel pues permite sentirse en al absoluto medio de nuestra geografía montañosa y sus verdes que sólo los colombianos entendemos del todo.

Tips prácticos:

Si no se quieren mojar los pies y quieren evitar resbalarse lleven botas pantaneras. El recorrido también se puede hacer descalzo si se sienten más cómodos así. Si tienen una buena linterna, llévenla también, pero no se sobrecarguen de cosas inútiles, van a necesitar las manos libres para tantear el camino y a menor encarte, mayor libertad de disfrutar el camino.

Por: María José Marroquín, editora Embarca Travel.

@mightyjosephine

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